Testimonio
Fanty Velarde
CIDDEBENI, Trinidad
Y hay otra parte de su historia que quisiera recuperar para su biografía: su trabajo con los niños del Beni.
En aquellos años, por su iniciativa, organizábamos encuentros infantiles y actividades culturales. Graciela creó aquí el grupo Semilla Mojeña, integrado por niños que hoy son jóvenes y continúan vinculados a nuestras expresiones culturales.
Recuerdo especialmente un viaje que hicimos por el río con 24 niños rumbo al Centro de Gestión del TIPNIS. Fue una aventura inolvidable.
Graciela y yo éramos las responsables de aquella pequeña expedición. Pero cuando íbamos a extender el viaje de conexión con otras comunidades, nos sorprendió una epidemia de cólera, creo que era en todo el país. Uno de los dirigentes de San Pedro, don Antonio Soto, enfermó gravemente y tuvieron que sacarlo en hamaca hasta una estancia para trasladarlo a Trinidad.
Entre nosotras habíamos repartido los papeles: yo era la renegona y ella, la reilona. Porque, como decíamos, en toda expedición con tantos muchachos tenía que haber alguien que pusiera orden y alguien que llenara el viaje de fantasía.
A mí me buscaban para que les diera de comer, para resolver sus necesidades y poner un poco de disciplina. A la Choquita la buscaban para escuchar sus historias, reírse con ella y dibujar.
Mientras navegábamos, Graciela les enseñaba a mirar el paisaje con otros ojos. Los hacía pintar, imaginar y descubrir colores donde otros solamente veían monte, agua y cielo.
¡Esa era mi Choquita! Una mujer capaz de convertir una embarcación llena de niños en una escuela flotante de arte, imaginación y alegría.
Por eso me parece tan importante que su biografía no se limite a sus cuadros y esculturas. Graciela también dejó una obra viva en las personas, en los niños que ayudó a formar, en las comunidades con las que trabajó y en los sueños que sembró por los ríos del Beni.
Graciela se fue, pero todavía nos queda mucho de ella por descubrir, reunir y contar.