Graciela Neira Costa

Testimonio

Fanty Velarde

CIDDEBENI, Trinidad

Graciela, niña de dedos de colores, subís al arcoíris después de cada lluvia a traer miles de paletas que derramás sobre el mundo como quien siembra luz en la tierra.

Tu risa es un río que no se seca, aunque el oído se te vaya quedando lejos, aunque la voz se vuelva viento, aunque el deseo de comer y respirar te pidan otras maneras de estar. Aún así, reís conmigo.

Me hablás del Beni como quien nombra un jardín infinito: de sus paisajes sin orillas, de su gente hermosa que ama más allá del horizonte, de ese verde que te habita el alma y que te enseñó a mirar la vida como un milagro cotidiano.

Me dijiste que me amás entrañablemente y que querés verme. Que me espera un abrazo y los últimos dibujos secretos, tus lápices, tus colores, la cámara que guarda las huellas de la obra gigante de Marito…

Graciela, mujer árbol, flor y pájaro, mientras el cuerpo se vuelve niebla, tu espíritu pinta el mundo entero. Sos la maga del bosque colorido, la guardiana de los sueños que vienen del agua, de la tierra y del cielo. Y aunque el dolor nos apriete el pecho, te celebro, te canto, te abrazo en este Beni nuestro que también es tu casa, donde la cultura florece gracias a mujeres como vos, que transforman las inclemencias del clima y del sudesarrollo en belleza compartida.

Que el Gran Espíritu del bosque y del río te acompañe siempre, Graciela. Tu color nunca se irá. Tu amor es raíz y es vuelo. Tu risa, aunque tenue, es eterna.

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