Testimonio
Jorge «Coco» Rivera
Reina de Enín · Hotel de Selva El Puente
Desde el principio se interesó mucho por mi vida en el Beni y, sobre todo, de mi condición de navegante. Le conté que fuera de un barco mayor de turismo, La Reina de Enín, en el que he navegado desde 1984 por los ríos del norte amazónico de Bolivia., estaba construyendo… y le dibujé en un papel, probablemente en una servilleta, la planta del casco de un pequeño barco: El Barco Ebrio. Le conté que el nombre viene del poema de Rimbaud, precisamente porque no tendría un sentido utilitario ni mercantil. El famoso poema habla de un barco que se deshace, en puerto, de sus mercancías para libre de ellas lanzarse a navegar en los mares tumultuosos y abigarrados de la vida. Ella me escuchaba absorta. Era mediados de 1990 y estábamos cenando en un restaurante de La Paz.
Quiero un barco así, me dijo, quiero recorrer los ríos del Beni, deteniéndome en las comunidades para enseñar a pintar a los niños.
Su vida en el monte y el Beni, y el gran evento de perder y buscar a su hijo, ha labrado en ella, ha ampliado, sin duda, su capacidad de transmitir alegría, inocencia y optimismo en su pintura, fundiéndose de manera infantil en las formas del bosque, sus aves y otros animales, ajena a la perspectiva y las proporciones con un sentido vasto de libertad. Ella misma era esos colores brillantes y contrastados, que parecen ser inspirados lo mismo en el arcoíris que en el follaje de la selva, lo mismo en los cuerpos de agua que en el cielo de luna y estrellas. En ese gran mundo de su búsqueda, los niños, las mujeres artesanas, los hombres con la utopía de la Loma Santa, están representados en su obra, fundidos al bosque y al cielo. Todo en su conjunto es ella, Graciela Neira, La Choquita, es la esperanza de un mundo mejor.
Por último, en 2022, por solicitud mía, pintó un cuadro grande, de 2 x1 metros. En él se pinta a ella misma, en las 5 mujeres que aparecen, cabalgando a una garza entre sus alas, fervorosa en una ceremonia con la luna en sus manos, bañándose desnuda en el arroyo, deslizándose a lo lejos en una tirolesa y, con la cabellera al viento, como en las anteriores, ascendiendo sobre el suelo, entre flores y colores, hacia el país del arcoíris. Creo que ya pintaba su marcha del mundo, levitando entre colores, aves y follaje del bosque.