Testimonio
Malena Vaca
Artecampo, Santa Cruz
Tuve la suerte de coincidir con Graciela a su paso por Artecampo. Recuerdo de ella muchas cosas; su risa serena, su asombro y emoción por cada pieza hermosa salida de las manos creadoras de las mujeres de Artecampo, su tierno despiste de recién llegada, su tararear frecuente.
Recuerdo tambien su hermandad con Suia Chiqueno, artesana ayorea junto a la cual trabajó, y su profundo entendimiento con otro ser de luz, como Ada Sotomayor, Adita; mi madre, fundadora de CIDAC y promotora de Artecampo.
Recuerdo y recordaré siempre el inmenso talento de Graciela, que iba de la mano con algo que yo llamaría modestia. Me sorprendía, inexorablemente, su capacidad para crear en sus dibujos, un mundo de belleza y armonía en el que todos hubiéramos querido habitar.
Graciela ocupaba una hermosa y luminosa esquina en lo que hoy es el Museo Artecampo. En su mesa se acomodaban telas, tijeras y papeles de colores. Trabajaba junto a las maestras artesanas bordadoras de la asociación “Los Tajibos”, para ayudarlas a escalar a gran formato sus coloridos diseños que retrataban flores, animales y gentes ocupadas en las tareas del campo o en amable descanso. De este “cruce” saldrían los bellos cojines de gran formato cuya técnica y estética las artesanas pronto dominaron, lanzándose a crear nuevos diseños por cuenta propia, ante nuestros maravillados ojos.
Graciela y Suía forjaron un lazo muy fuerte, mantenían una singular amistad tejida entre fibra de garabatá y madera, mientras trabajaban. Graciela diseñaba en consulta con Suía y esta ejecutaba hábilmente colgantes y móviles de gran tamaño realizados con todo tipo de semillas, animalitos y elementos florales tallados por los artesanos ayoreos. En aquella epoca, estos llegaban en grupo trayendo cantidades ingentes de pequeños tallados; había que crear nuevos productos para aprovecharlos y abrirles mercado en la ciudad. Graciela y Suía fueron prolíficas creando nuevos diseños. Una de sus más bellas piezas puede verse hoy en el Museo Artecampo.
Graciela tambien formaría a Chayo, Rosario Arauz, maestra artesana tejedora de jipi japa, en el arte de vestir lujosamente paneles de madera con diseños realizados en piezas de cartón forrado con tela. Plantas, flores, frutos y pájaros de todo tipo poblaban los paneles. Crearían tantos y tan bellos paneles, utilizados para exponer fotografías e información sobre las asociaciones de artesanas, que mucha gente quería comprarlos. Innumerables fueron las veces en las que hubo que dar largas explicaciones de por qué no estaban a la venta; eran solo el soporte para difundir información sobre Artecampo, ese magnifico emprendimiento social que, cuarenta años despues, sigue dando sorprendentes frutos.
El talento de Graciela se extendió tocando otras asociaciones de artesanos, creando delicados diseños en madera tallada, una producción escasa, por delicada y trabajosa que aún, a día de hoy, alegra las ferias navideñas de Artecampo con elaborados nacimientos Moxeños y representaciones de niños macheteros en movimiento.
La contemplación de la belleza siempre me trajo alegría, el trabajo entre mujeres tambien; nunca dejé de pasar a ver en qué andaba Graciela; yo no era tan afortunada como ella, a mí me tocaba la más árida tarea de redactar proyectos e informes. Me tocaba trabajar en otro bloque de los cuatro que rodean el enorme mango que preside el patio. Yo trabajaba sola, me perdía mucho de la alegre cháchara de mis compañeras del primer bloque. Fue una hermosa época la que compartimos con Graciela; Artecampo se expandía y todo parecía posible; todas compartíamos sueños, pero tambien duras realidades.
El paso de Graciela por CIDAC y Artecampo fue breve, pero el vínculo creado se mantuvo a lo largo de los años. Adita y Graciela disfrutaban de su mutuo cariño. Adita visitaba el hermoso lugar que Graciela creó en Cochabamba, volvía con ideas, diseños, y ganas renovadas de seguir luchando por un mundo menos hostil y más justo para las mujeres de Artecampo. Hojeando viejos cuadernos de Adita, hace unos días encontré un dibujo de Graciela. A Adita le gustaba tenerla cerca.
Cuando Adita partió, Graciela vino a rendirle homenaje.
Estas letras, estas memorias, estas imágenes recuperadas de entre viejos archivos, son para decirte gracias, Graciela; iluminaste nuestras vidas, al tiempo que le dejabas el más amoroso de los legados a Artecampo.