Testimonio
Rosalba Guzmán Soriano
Revista El Chasqui, Cochabamba
Era el mes de mayo de 1985, estaba eligiendo las cartas y trabajos que enviaron niños desde distintos puntos del país para el número de junio, el sol entraba por mi ventana y entonces, junto con el sol, ella apareció en la puerta, con esa sonrisa que tenía y ese halo de luz que la envolvía.
Inmediatamente conectamos, nos reconocimos en esta vida porque fuimos amigas de alma desde el primer instante.
Graciela tenía una sensibilidad extraordinaria, algo de la selva llevaba dentro; a veces era como un animalito agredido por la ciudad. Odiaba las bocinas y reñía a todos los choferes de la calle. Yo intentaba protegerla y le explicaba que así era el tráfico en Cochabamba, que las bocinas y la falta de educación vial era lo normal, entonces nos reíamos las dos, nos reíamos mucho, siempre, casi de todo. Teníamos un modo común de ver los detalles invisibles de las calles, los acontecimientos desapercibidos por el mundo; como la viejita que salía a comprar algo, llegaba al árbol copioso de la esquina y luego volvía nuevamente a su casa porque se había olvidado para qué salió. Disfrutábamos de los celajes del atardecer y del alborotado pasaje de los loros surcando el cielo. A veces un instinto extraño emergía de ella, sabía que algo estaba por pasar, que un peligro se asomaba y era cierto. Una vez, al anochecer, ella de pronto se paró y me dijo – ¡Corramos! Y nos pusimos a correr. Entre los autos apareció un muchacho joven, totalmente desquiciado, quizás drogado, pero comenzó a perseguirnos para atacarnos. Nos cobijamos en una tienda. Él se quedó un tiempo en la puerta murmurando quién sabe qué cosas y después se fue.
Era así Graciela, tenía una capacidad de extraer la belleza de las cosas vanas de la vida. Tenía un contacto directo con los animalitos, las aves, los árboles, la tierra, las mariposas, los colibríes, la vida. Eso fue lo que llevó al Chaski con sus dibujos. El Chasky, desde su llegada, cobró una dimensión distinta. Todos los dibujos del Chasky y los de mis cuentos ilustrados por Graciela tenían un nuevo sentido, una trascendencia, un algo que nos unió por siempre.
Quedó el Chaski lleno de sus dibujos, hermosos y singulares, quedamos nosotros, la familia que fuimos para ella, la hermana que fue para nosotros, para todos aquellos que agradecemos a la vida por habérnosla regalado para siempre.
Mi Graciela, más allá de la muerte, volvió a ser aire limpio, tierra, fuego, luz, noche y día. Ella es el río que canta o que brama ahora, es la manada de loritos que surca el cielo sin detenerse, es el frío y el calor, ahora, es el colibrí en que a veces se convierte cuando quiere, es signo de la libertad, y otra vez, y siempre, de la vida.